Se acerca la fecha conmemorativa del Día Mundial del Superviviente de Cáncer, pautada cada primer domingo del mes de junio, con lo que se busca dar rostro, voz y esperanza a quienes transitan una de las batallas más complejas de la existencia humana.
Hay muchas historias, pero la de Gabriela González, madre zuliana de 39 años, empezó desde febrero de este año 2026, cuando le tocó hacer frente al diagnóstico que le cambió la vida en un abrir y cerrar de ojos: Cáncer de mama ductal infiltrante en estadio 3.

Apenas han transcurrido cuatro meses desde que el mundo de "Gaby" cambió, pero su proceso condensa una madurez que desarman a cualquiera. En una conversación honesta, sin filtros ni adornos, ella se abrió para contar su realidad, un testimonio que nos muestra el dolor físico, la montaña rusa de emociones y la inquebrantable fe de una madre que se niega a rendirse.
Para "Gaby", la sospecha comenzó de forma abrupta. A pesar de mantener un control médico preventivo riguroso y encontrarse en período de lactancia, notó un cambio radical de la noche a la mañana. "Pasé literalmente de no tener nada a tener un bulto grande e importante en mi seno izquierdo", relató.
La confirmación médica en febrero de este año llegó como un balde de agua fría. En ese instante, la vulnerabilidad humana afloró y el primer pensamiento no fue para sí misma, sino para sus dos mayores tesoros, un niño de 10 años que inicia la pubertad y una bebé de 2 años, Luna, quien nació con una condición especial de talla baja.
"Cuando te confirman el diagnóstico la vida se me cayó encima, solo pensaba…’mis hijos’. Lo primero que uno piensa es en la muerte y en dejarlos a la deriva, porque como madre es lo único que nos preocupa", confesó Gabriela. El proceso de asimilación fue complejo, un ejercicio diario de contención para evitar que el sobrepensamiento la ganara. Con el paso de las semanas, las asesorías médicas y el inicio del tratamiento, la perspectiva comenzó a transformarse, obligándola a reescribir sus prioridades: "No eres la misma ¡JAMÁS! Te empiezan a dejar de importar las cosas que no son urgentes y valoras aún más a quienes tienes. Es aquí donde la frase agarra valor sin salud no tenemos absolutamente nada".
El tratamiento contra el cáncer de mama exige una cuota alta de sacrificio físico. Gaby detalló que los efectos secundarios de las quimioterapias que recibe semanalmente, describiendo síntomas como la neuropatía (daño en los nervios que causa hormigueo y dolor) y dolores óseos punzantes.
"Son dolores intensos en todo el cuerpo, sobre todo en las articulaciones. Rayos que sientes que te van a atravesar los huesos y te dejan sin aliento. Ver que tu cuerpo no responde, así tengas la fuerza mental, y que las piernas no te den… eso ha sido duro. A mí me cuesta pedir ayuda, y verme tan débil que tengan que llevarme porque no puedo valerme por mí misma, es difícil". contó Gaby. A quien también se le suma una extrema sensibilidad en la piel y fragilidad capilar, síntomas característicos de los esquemas de medicación oncológica actual.
Sin embargo, para esta zuliana, el verdadero desafío se libra en la mente. La transformación del espejo es un golpe cotidiano a la identidad y a la feminidad.
"A nivel emocional es más difícil que el dolor físico. Ver y sentir cómo tu cuerpo va cambiando… aunque desde el día uno decidí raparme el cabello para no tener que verlo caer, es duro. Mucha gente dice ‘es solo cabello, eso crece’, ¡sí!, pero la carga emocional de ver cómo tu cara pasa a un estado de palidez, ver cómo te mira la gente en el autobús, es una lucha constante de mí conmigo misma. La vanidad pasa a segundo plano, pero ser mujer es sinónimo de vanidad de alguna u otra forma". Gabriela asegura que la enfermedad es "40 % física y 60 % emocional", y que este último porcentaje es el que define cómo se termina cada día.
En este sube y baja, la red de apoyo familiar se ha convertido en el oxígeno de Gaby. Su hogar, conformado por su madre, su esposo y sus dos hijos, sostiene su día a día. Describe a su madre como "un roble" cuya fortaleza admira profundamente al ponerse en sus zapatos de madre. De su esposo destaca la entrega abnegada, el silencio protector del hombre que se muestra fuerte y un profundo aferramiento a la fe. Sus hijos, por su parte, son el motor de energía. "Sus travesuras y verlos sanos no me deja más que agradecer a Dios. Ellos duermen tranquilos y esa es mi mayor paz. Quiero salir victoriosa por y para ellos".
Pero más allá del núcleo familiar, Gabriela ha encontrado una medicina alternativa y profundamente arraigada a la identidad venezolana para sobrellevar las horas más oscuras, la música, y de manera muy específica, la gaita zuliana.
"Cuando se me viene el mundo encima, cuando tengo los inclementes dolores, cuando me ataca el insomnio y durante las tres horas que dura la quimioterapia, escuchar gaitas me llena de vida. Es increíble el poder que ha tenido en mí. Al punto que lo digo y lo siento, la gaita sana".
Aunque en el argot médico la supervivencia al cáncer se suele contabilizar tras la remisión o al finalizar los tratamientos —el simbólico acto de "tocar la campana"—, la vivencia de Gabriela redefine el término. Para ella, el título se gana desde la primera dosis de medicamento que ingresa al cuerpo.
"Superviviente es todo paciente de cáncer que haya soportado la primera quimioterapia. Se necesita tanto poder mental y físico para tolerar todo lo que conlleva esa medicación que nos volvemos supervivientes. Aprendemos a sobrevivir con esa carga de alta tensión que nos inyectan, que tanto nos duele, pero que es necesaria porque de ahí proviene la sanación. Aunque aún no he tocado la campana de la victoria y me falta mucho camino, sí me considero superviviente, porque en mi caso, cada martes renazco como el Ave Fénix".
"Mi mayor sueño es ver que mis hijos sean hombre y mujer de bien"
Al preguntarle por el futuro, los anhelos de Gabriela se despojan de cualquier materialismo y se concentran en el destino de sus hijos. Su meta diaria es mantenerse firme para verlos crecer como ciudadanos íntegros, empáticos y seguros de sí mismos. Con especial ternura, menciona su deseo para Luna: "Mi mayor sueño es ver que mis hijos sean hombre y mujer de bien, que la empatía sea su código de vida. Y en el caso de mi bebé, que al ser una niña de talla baja, entienda siempre que la grandeza de una persona está únicamente en su mente y en su corazón".
La jornada cotidiana de Gabriela González, enmarcada en este Día Mundial del Superviviente de Cáncer, es el sentir de cientos de pacientes a nivel mundial, entre la dificultad hospitalaria y el amor familiar, eligen renacer cada semana, y demuestran que la vida se mide, verdaderamente, un día a la vez.


Lee también: Sophia Hernández batalla contra el cáncer y necesita tu granito de arena
Noticia al Día/Con información de Noticias Barquisimeto