En 1498, Cristóbal Colón escribió en su diario la frase “Tierra de Gracia” al ver las costas del Delta del Orinoco. Ese hombre quedó maravillado, hizo "plop" como Condorito, diría mi abuela.
Esta frase quedó grabada en la historia de Venezuela como una especie de bendición y condena al mismo tiempo.
La expresión de aquel navegante no solo describía la belleza natural del lugar, la fertilidad de este suelo bendito y la amabilidad de sus nativos, sino que también parecía sellar el destino del país. A lo largo de los siglos, esta idea ha cambiado según los vaivenes políticos y sociales de Venezuela, que siempre parece transitar entre su riqueza potencial y su realidad abrumadora.
Un espejismo de abundancia
Históricamente, la “gracia” de Venezuela se debe a su geografía privilegiada. En esta casa grande, los Andes se encuentran con el Caribe y el Amazonas se nutre de grandes ríos como si se tratara de una sinfonía. Sin embargo, en el siglo XX, la situación cambió con el descubrimiento del petróleo, nuestro oro negro.
El petróleo hizo que la gente pensara que Venezuela era un país “elegido”, donde la prosperidad era algo natural y no algo que se conseguía con esfuerzo institucional. Con esta mentalidad, surgió una frase que seguro tú mismo, querido lector, has dicho alguna vez o la has escuchado: “Somos ricos porque tenemos petróleo”. Ay, ¡qué gran falacia la que esta frase ha alimentado!
La anterior, es una idea equivocada. La verdadera gracia de un país no está en lo que hay bajo la tierra, sino en lo que se construye sobre ella para la dignidad de su población.
La gracia en tiempos de crisis
Hoy en día, la frase “Tierra de Gracia” tiene un significado un tanto irónico para algunos y esperanzador para otros. Para los que se fueron, es un recuerdo idealizado de su país, del olor a mar, de un patacón para los zulianos, de un pastelito para los andinos o de una cachapa con cerdo para los llaneros. Para los que se quedan, es un ejercicio de resistencia: aquí, la “gracia” ya no es el oro ni el petróleo, sino la capacidad de los venezolanos de reinventarse en medio de la dificultad diaria.
El desafío de la redefinición
Ahora, algunos liderazgos usan la frase con fines políticos, para hablar de soberanía moral, identidad nacional o incluso un cambio de sistema político. Pero si queremos que Venezuela sea de verdad una “Tierra de Gracia” en el siglo XXI, debemos dejar atrás la idea de que la riqueza surgió desde el boom petrolero.
La verdadera “gracia” de Venezuela es su gente, que sigue soñando con un país mejor, democrático y con libertades, incluso en medio del detrimento de los servicios públicos, una voraz inflación y crisis política.
Venezuela no puede seguir siendo solo una promesa de un diario de navegación del siglo XV. Necesitamos urgentemente convertir la gracia en gestión, la bendición en ley y el recurso en educación. Solo así podremos pasar de ser un país con suerte a un país con futuro y digno para todos.
Volver a ser una “Tierra de Gracia” no será fácil, pero puede ser la filigrana de una sociedad que decida cambiar. El desafío está ahí; ahora falta que los venezolanos se atrevan a cruzar el mar de la incertidumbre.
Por Isaac Rubio, periodista, conferencista y docente zuliano.