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La Patria Grande que nunca existió (por Luz Neira Parra)

Hubo un tiempo en que Venezuela fue puerto y abrigo. Aquel país petrolero, aún joven y lleno de promesas, abrió sus brazos a italianos que huían de la ruina de la guerra, a portugueses que dejaron atrás aldeas empobrecidas, a españoles que escapaban del hambre de posguerra. Vinieron con sus acentos, con sus panes y con sus músicas, y Venezuela los hizo suyos. Las panaderías de Caracas, las bodegas de Maracaibo, las industrias del centro del país se llenaron de ese mestizaje que nunca preguntó demasiado: bastaba con llegar y trabajar. También llegaron hermanos latinoamericanos perseguidos por dictaduras: chilenos del exilio, argentinos del miedo, uruguayos y peruanos buscando aire. Venezuela fue madre, sin aduanas estrictas, sin visas que humillaran en un consulado. Fue país de acogida y de esperanza.

Hoy, en un giro trágico de la historia, son los venezolanos quienes andan el mundo con la maleta al hombro. Ocho millones, quizá más, dispersos por la región y más allá. Y la ironía es dura: aquellos países a los que se dio cobijo, a los que se abrió el corazón, ahora levantan muros, decretan visas, inventan trabas. Incluso islas mínimas del Caribe, que tantas veces vivieron de la generosidad venezolana, hoy cierran la puerta. Y lo que debería ser un retorno de gratitud se ha convertido en rechazo, en xenofobia, en el estigma de ser migrante.

La llamada “Patria Grande”, esa utopía de integración latinoamericana, se revela como una quimera. Bolívar soñó en grande, pero sus herederos han administrado fronteras pequeñas. No hay solidaridad entre los pueblos cuando las políticas migratorias se dictan bajo el miedo al otro, bajo la sospecha de que el venezolano roba, desplaza, incomoda. La misma región que levantó discursos de hermandad nos muestra que nunca existió esa patria continental: existieron países que miraron su conveniencia y poco más.

En cada aeropuerto donde se exige una visa imposible, en cada frontera donde se trata al venezolano como sospechoso, se rompe un hilo de aquella ilusión de unidad latinoamericana. El migrante venezolano ha visto en carne propia que la retórica de la integración es hueca, que lo que hay en realidad son intereses políticos, cálculos electorales y prejuicios sociales. La “Patria Grande” no aparece en los consulados, no se manifiesta en las oficinas de migración: allí se desnuda su inexistencia.

Y es necesario subrayar un hecho: la única excepción real en el continente la han representado Colombia, Argentina, Bolivia y Uruguay. Colombia, con todo y sus propias tensiones, abrió su frontera más de una vez, creó el Estatuto de Protección Temporal y recibió a millones de venezolanos que hoy trabajan, estudian o sobreviven en sus calles. Argentina, aunque con trámites y dificultades propias, mantuvo una política de puertas menos rígidas que sus vecinos. Bolivia y Uruguay también se suman a esa lista de países que no exigen visa para los venezolanos que entran por turismo o por estancias cortas, lo que ofrece una diferencia palpable frente al resto de la región. Mientras tanto, naciones como Chile, Perú, Ecuador, República Dominicana, Panamá, Trinidad y Tobago, Aruba y Curazao —países que en otro tiempo se beneficiaron del petróleo venezolano y de nuestras divisas, hasta el punto de mostrar una deferencia interesada hacia Caracas— hoy se han convertido en los más estrictos y desconfiados con el migrante venezolano. Esa diferencia muestra que no hay una respuesta latinoamericana común, sino un mosaico desigual de políticas y actitudes.

Y, sin embargo, en medio de esa fractura, los venezolanos resisten. En Colombia, en Perú, en Chile, en Estados Unidos, incluso en rincones de Europa, se construyen nuevas comunidades, se trabaja con lo que se puede, se levantan nuevas raíces. El TPS en Estados Unidos, las formas precarias de legalidad en otros países, son apenas paliativos, concesiones a medias, no verdaderos abrazos solidarios. Pero el venezolano, acostumbrado a sobrevivir, convierte esas grietas en caminos.

Quizá la enseñanza más amarga de esta diáspora es la constatación de que la solidaridad entre naciones es un mito, un discurso para manuales escolares y cumbres presidenciales. Lo real es otra cosa: es la familia que se queda dividida, el hijo que crece con padres ausentes, la nostalgia de un país que ya no se parece a lo que fue. Y también lo real es esa fuerza anónima del migrante venezolano, que trabaja, que canta, que envía remesas, que sigue soñando con un regreso posible.

La Patria Grande no existió. Lo que existe es la patria pequeña de cada uno: la arepa hecha lejos de casa, el acento que se defiende en medio de la burla, el recuerdo del Ávila o del Lago que nunca se borra. Lo que existe es esa Venezuela portátil, hecha de memoria y de dolor, que llevamos a cuestas por el mundo. Y si alguna patria grande nace algún día, no será decretada por presidentes ni cantada en himnos: será construida, paso a paso, por los pueblos que se reconozcan en su fragilidad compartida.

La historia es caprichosa: lo que ayer fuimos para tantos, hoy no nos lo devuelven. Pero hay algo que no se puede borrar: la experiencia de haber sido país de puertas abiertas, el recuerdo de haber dado sin preguntar, la certeza de que fuimos una tierra donde el otro cabía. Esa memoria nos persigue como un espejo: cuando vemos las puertas cerradas en nuestra cara, recordamos lo abiertas que estuvieron las nuestras. Y quizá allí, en esa nostalgia amarga, resida la mayor prueba de que la “Patria Grande” no se ha escrito aún.

Y entonces el futuro de la diáspora venezolana se vuelve un dilema abierto: ¿volveremos algún día a una tierra que ya no será la misma? ¿Seremos eternos extranjeros en países que nos miran con desconfianza? O tal vez, la mayor lección sea que la patria ya no es un territorio sino una memoria compartida, una resistencia íntima que se transmite entre padres e hijos. Si los pueblos que nos cierran las puertas hoy creen que con visas y fronteras borran nuestra dignidad, se equivocan: lo único que logran es hacer más fuerte esa Venezuela invisible, la que camina con nosotros, la que cargamos en los hombros, la que no muere ni en el exilio ni en el silencio.

Porque al final, aunque nos quiten el país físico, aunque nos dividan con muros y pasaportes, los venezolanos llevamos una patria indestructible: la del recuerdo, la del idioma, la de los gestos pequeños que sobreviven en cualquier rincón del mundo. Y esa patria, aunque no sea grande ni proclamada, es la que nunca podrán arrebatarnos.

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