Viernes 05 de junio de 2026
Opinión

Homenaje a Edgar Morin: pensar en medio del caos contemporáneo (por Luz Neira Parra)

La muerte de Edgar Morin no representa únicamente la desaparición de un filósofo longevo. Representa algo más inquietante: la pérdida…

Homenaje a Edgar Morin: pensar en medio del caos contemporáneo (por Luz Neira Parra)
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La muerte de Edgar Morin no representa únicamente la desaparición de un filósofo longevo. Representa algo más inquietante: la pérdida de una conciencia crítica capaz de recordarnos que el mundo no puede comprenderse mediante simplificaciones.

Vivimos una época dominada por la fragmentación. La política se divide en trincheras irreconciliables. Las redes sociales premian la consigna antes que la reflexión. La economía avanza separada de la ética. La tecnología corre más rápido que la sabiduría. Frente a ese escenario, Morin dedicó toda una vida a defender una idea aparentemente sencilla y, sin embargo, revolucionaria: la realidad es compleja.

Para él, los grandes problemas humanos no podían resolverse desde una sola disciplina ni desde una sola ideología. La crisis ecológica, la desigualdad, las guerras, las migraciones o los conflictos culturales son fenómenos entrelazados. Quien pretende explicarlos con una única causa termina deformándolos.

Morin combatió el reduccionismo intelectual.

 Desconfiaba de las certezas absolutas y de los dogmatismos de cualquier signo. Había visto demasiado durante su vida: el fascismo, la Segunda Guerra Mundial, el estalinismo, la Guerra Fría, la globalización y la revolución digital. De esas experiencias extrajo una lección fundamental: la historia humana es inseparable de la incertidumbre.

Pero sería un error considerarlo un pesimista. Al contrario. Su pensamiento estaba atravesado por una esperanza exigente. Sabía que la humanidad era capaz de producir barbarie, pero también solidaridad; destrucción, pero también creación; odio, pero también fraternidad. Por eso insistía en la necesidad de una reforma del pensamiento y de la educación que enseñara a comprender al otro y a reconocer nuestra interdependencia.

Quizá por eso su ausencia se siente especialmente en estos tiempos oscuros. En una era de respuestas rápidas, Morin defendía las preguntas difíciles. En una época de fanatismos renovados, reivindicaba la duda. En un mundo cada vez más conectado tecnológicamente y más aislado espiritualmente, insistía en el humanismo.

Su legado no está solamente en los miles de páginas que escribió, especialmente en su obra monumental El Método. Está también en una actitud intelectual: la valentía de pensar sin simplificar, de comprender sin justificar y de criticar sin perder la esperanza.

Hoy, cuando tantas voces nos invitan a elegir entre blancos y negros, entre amigos y enemigos, entre verdades absolutas y mentiras absolutas, la lección de Edgar Morin adquiere una vigencia extraordinaria. Nos recordó que la condición humana es contradictoria, que la realidad está hecha de matices y que la civilización sólo puede sobrevivir si aprende a unir conocimiento, ética y solidaridad.

Con su muerte desaparece un hombre. Pero permanece una tarea: aprender a pensar la complejidad del mundo sin renunciar a la esperanza de transformarlo.

Profa Luz Neira Parra

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