A casi ocho meses del fuerte temblor del 24 de septiembre de 2025 que sacudió a la región, las comunidades de Bachaquero y Mene Grande continúan desamparadas, enfrentando solas las secuelas de una emergencia geológica que no da tregua.
Mientras los afectados sobreviven con la falsa creencia de que el país conoce su situación, la realidad es que la magnitud de este desastre sigue siendo invisible fuera de las zonas afectadas.

Al 18 de mayo de 2026, el monitoreo actualizado de FUNVISIS revela un panorama crítico con un total de 322 sismos acumulados en la región. La violencia con la que se sienten estos movimientos se debe a su escasa profundidad: 291 de las réplicas han ocurrido a menos de 30 kilómetros de la corteza terrestre, actuando como un impacto constante sobre infraestructuras ya debilitadas.
Asimismo, 13 de estos eventos se han ubicado en el rango crítico de entre 4.0 y 6.0 de magnitud, manteniendo a la población bajo una zozobra permanente.

El impacto social e infantil de esta crisis es alarmante y se evidencia en el colapso del sistema educativo local. En el sector Santa Bárbara, donde el estruendo constante de la montaña mantiene en alerta a los vecinos, los Bomberos Municipales se vieron obligados a inhabilitar varias áreas de la escuela de la comunidad debido a severas grietas en las paredes que representan un peligro latente.

Ante la vulnerabilidad de la infraestructura, lo que solía ser el comedor escolar desapareció, obligando a los niños a recibir sus alimentos dentro de los salones. Para resguardar la vida de los alumnos, el plantel aplica un régimen de contingencia extrema donde las clases se redujeron a una o dos veces por semana, distribuyendo a los estudiantes por niveles entre los días lunes y miércoles.
La emergencia en la zona también abarca riesgos ambientales y habitacionales severos, ya que la actividad sísmica genera inestabilidad en taludes y terrenos, provocando deslizamientos que amenazan con desorientar sectores enteros.

Ante la falta de planes oficiales de reubicación o asistencia para la reconstrucción, la solidaridad vecinal ha sido el único salvavidas: la jefa del consejo comunal de Santa Bárbara llegó a refugiar en su vivienda a 28 familias damnificadas. Mientras tanto, en comunidades como Puerto Escondido, los bloques de construcción quedan apilados como adornos en los patios de viviendas destruidas, reflejando el drama de miles de familias atrapadas entre el rugido de la tierra y la indiferencia.

Arelys Munda
Imágenes: Xiomara Solano / Isidro López
Video: Isidro López