Sábado 29 de noviembre de 2025
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Un viaje sin postales (por Alejandro Vásquez Escalona)

Aún se escuchan algunas chicharras de mayo. La casa es pequeñita. Alta. El techo de tejas en forma de capilla,…

Un viaje sin postales (por Alejandro Vásquez Escalona)
Foto: Alejandro Vásquez Escalona
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Aún se escuchan algunas chicharras de mayo. La casa es pequeñita. Alta. El techo de tejas en forma de capilla, coquetea con un árbol de mango. El blanco hueso de sus paredes se expande como pretendiendo cobijar la calidez de sus inquilinos por sembrar un hogar. La alegría del amor nuevo la hacen sentir inmensa. Ellos todavía llevan en la piel el bronceado reciente del mar. Es septiembre. Regresaron de vaciones hace un mes. La niña duerme en su cuna colorida con sencillez. La mujer condimenta el almuerzo. Vuela en los aromas de una comida marina. Es silenciosamente sensual. Quizás solo sus labios pulposos hacen ruido evidente. Que te sucede negro, hace casi dos meses que volviste del viaje y no hablas nada de tus experiencias. Te enamoraste. Si sucedió, tienes que volver por ese amor comenta, sin ironía. Sin resentimiento. Más con la seguridad y fraternidad hacia el hombre moreno de barba negra que ahora viaja en la lectura, sentado en la salita. Cierro la novela Brasil de Jhon Updike. Sonrío, sin picardía, no chica, que enamoramiento nada, respondo. Y calla. Detrás de sus labios se agazapa el silencio de la desolación. De haber constatado en ese viaje lo que hace tiempo sabía, porque la realidad es la realidad. Después vino el almuerzo. El silencio de la niña. La siesta absolutamente en paz

El avión despega a la hora señalada en el boleto. Extraño.  Por sus ventanillas no se ve un cuervo negro que vuela. Ni otras aves. El cielo es pálido. Sin nubes. La nave forma parte de la flota estatal. Descolorido, pero no llega a la decrepitud. Es amplio. Algunos asientos no fueron ocupados. El entusiasmo entre los tres compañeros de viaje es evidente. Hablan de sus planes al llegar al país caribeño. Bromean. Sueñan con lo que aprenderán esos dos meses en La Escuela de cine. Una hora después, el brillo lechoso o rojizo de las viviendas es desplazado por el azul intenso del mar. Mar. Mar. A veces se observa un lunar de tierra entre tanto azul. Una voz metálicamente fría anuncia desde la cabina: Atención señores pasajeros, regresamos al Aeropuerto internacional de Maiquetía, hemos perdido el motor izquierdo del avión. La mujer observa a los dos pasajeros que la acompañan. Embobada espera una mirada de consuelo. Ocupan asientos en la misma fila. Silencio. Silencio. Varios de los viajeros se aferran a la butaca del avión e imaginan que tiene garras salvadoras. Regresamos a Maiquetía.

Seis mecánicos con overoles azules suben y bajan del avión con sus herramientas. Señores pasajeros permanezcan en el avión hasta reponer la avería. La voz de la aeromoza suena menos sombría. Pasados unos cuarenta minutos, se encienden los motores nuevamente. Dos de los técnicos que repararon el avión, suben y ocupan dos asientos del vuelo. La aeronave despega. Se estabiliza. Una aeromoza empuja un carrito lleno de bebidas, más de licor que de otras. Que desean tomar, pregunta. Vodka sin hielo, responden en coro los tres viajeros. Otro vodka. Uno más. Cuatro vodkas. La aeromoza va al bar. Regresa. Trae otros tragos. Se ve serena. Que se caiga el avión, expreso eufórico. Y todos ríen.

Abajo se aprecia el aeropuerto de la isla caribeña. Pequeñas siembras de maíz anémico, pastizalitos marginales a su alrededor. Caballos flacos que rumian, parecen cartas trágicas del tarot. Aterrizan en el aeropuerto de la Isla caribeña. El sol del mediodía es inclemente. Calienta más los cerebros. Una valla gigantesca del Che Guevara con el slogan Patria o muerte, venceremos, pareciera que se moviera. Se observa brumosa. Aroma de mustiedad.   

Desde el ventanal del pequeño apartamento donde nos ubica La Escuela Internacional de Cine y Video se ve una especie de pradera extensa cubierta por pastizales secos. La Escuela está en San Antonio de Los Baños, un caserío a unos cuarenta minutos en guagua desde la Habana. Es Julio. Verano. Durante el almuerzo, los docentes cubanos que nos acompañan, estuvieron contentos. Hasta celebraba. Esta carne no está muy sabrosa, se nota que el caballo era viejo y no la asolearon bastante, dice uno de ellos como una especie de disculpa. Silencio. Mutismo.

Casi dos meses en clases de cine y fotografía en ese espacio similar a una embajada en Cuba. Se simula permitir la disidencia. Una mañana, fuimos a una casa del pueblo. Nos recibe una mujer rubia, fenotipo europeo. Amablemente alegre. Una cola negra, compañero, invita la mujer Es Ingeniera química con postgrado en tintes para textiles. Trabaja en una fábrica del Estado cubano. Adentro se ve un televisorcito Zenith blanco y negro, pantalla redondeada. Una nevera a kerosene desconchada. De color imprecisable. Unos muebles sencillos de cojines floreados.  Click. Click. Click. Viajamos en la máquina del tiempo. Luego vamos a otra vivienda. Un hombre moreno, en camiseta blanca y pantalones cortos, fibroso, nos invita a pasar. Se entusiasma al enterarse de que somos venezolanos.  Es jornalero cortador de caña en un central azucarero. Adentro se ve un televisorcito Zenith blanco y negro, pantalla redondeada. Una nevera a kerosene desconchada. De color imprecisable. Unos muebles sencillos de cojines floreados.  Click. Click. Click. Viajamos en la máquina del tiempo Es 1993. Pleno periodo especial.  No llega la mesada de La Unión Soviética. Y el bloqueo. Bla, bla, bla. Una refusil de desencanto flota en el ambiente. Patria o muerte suena a ensoñación de adolescencia.

Tarde de sombras largas. Ciudad con circuitos turísticos maquillados. La Habana. Catálogo de autos de los años cuarenta, cincuenta, reconstruidos. Edificios sin color con piel masticada por el tiempo. Omnibuses destartalados en forma de acordeón tragando y vomitando pasajeros. Algunos llevan el desencanto camuflageado por un son montuno o un guaguancó. Olas de personas que caminan a todas partes. O a ninguna. Cuerpos estilizados, no por el gimnasio. No. Tal vez de miradas borrosa por escases de vitamina D.  De vitamina A, B, C, K… Una madre con sutileza, casi me ofrece a su hija adolescente. Espigada. Cabellera castaño abundante. Ojos amarillos rayados de negro. Percibo que no es un intento de transacción jinetera. Es un aleteo para que la niña vuele a otros territorios. Y click. Click. Clic.  Luego de dos meses de convivencia con los cubanos, simple ciudadanos, percibo que, a pesar de vivir en escases material, llevan sus morrales repletos de solidaridad y hermandad. De alegría caribeña.

En la noche, posiblemente unos navegantes atrevidos botarán al mar a escondidas una embarcación fabricada con tripa del neumático de un camión. Huirán tras el sueño americano. Si logran escapar, la balsa será su máquina del tiempo. Bloqueo. Bla. Bloqueo. Bla. Bla. Bla. Gotas delgadísimas de despecho viajan en la brisa. Sabía antes de llegar a la Isla que esa llovizna caía en Cuba.

Los pasillos de La Escuela de cine son reverbancias de música Nueva Trova. Decenas de y chicos mujeres siembra con su alegría el espacio. Algunos en pantalones cortos. Paño al hombre. Destaca una fila de unas treinta personas. Al inicio de la formación, se ve un teléfono. Alguien habla con su familia en otro país. He estado en ésta cola en varias ocasiones. Espero. A la hora, llega mi ocasión. Cómo va todo, pregunto a mi mujer en Venezuela. Me informa de nuestra hija de seis meses de nacida. Días después me vence la larga fila para comunicarnos. Un solo teléfono. A veces una suspensión de la electricidad. Me rindo. Transo con mi mujer en esa última llamada. No hare más la cola para comunicarme con ustedes. Confío en que no haya emergencias. Yo estaré tranquilo. Me comunicaré al terminar el curso. Sólo queda una semana de clases. Nunca llamé otra vez. Viajamos en la máquina del tiempo. Venimos de un país donde ahora es Julio 1993. En Cuba es el mes de Julio también, pero vivimos como en 1950 y tantos.

A lo lejos la raya del horizonte es tan imprecisa por lo grisáceo, similar al cielo y el agua. El sol se esconde tras la persiana del invierno. Tal vez sueñe con la luna. Estoy sentado en el muro de la rambla de Montevideo después de trotar cuatros kilómetros desde mi casa en Comercio con Azara donde llevo tres años viviendo. Soy residente. Migrante. Observo el mar atlántico. Llegué desde mi país en la máquina del tiempo detrás de la armonía y el pan de cada día. Esta mañana, me sumerjo en el flashback de una escena en mi película. Me veo arribar al aeropuerto Internacional de Maiquetía, en Caracas. Regreso del viaje a Cuba. Es agosto 1993. Camino con mis maletas desde el terminal Internacional al aeropuerto nacional. El pasillo es inclinado. A lo lejos, veo a una mujer. Lleva un bebé en brazos. Las presiento conocidas. Acelero el paso. Las precisos. Son Ivett y Vania van a Mochima en Puerto La Cruz. Al mar de vacaciones. Me acerco a ellas. Nos reconocemos. Alegría. Las epifanías existen. Un día les contaré porque regresé en silencio del Viaje a Cuba.

Alejandro Vásquez Escalona

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