Noticia al Dia

El centro histórico que todavía no tenemos (Por Isaac Rubio)

El centro histórico que todavía no tenemos (Por Isaac Rubio)
Foto: Isaac Rubio.

Por Isaac Rubio, periodista, conferencista y docente zuliano

Las ciudades suelen narrar su historia a través de sus centros urbanos. Si uno camina por el Casco Viejo de Panamá, se topa con la pulcritud de una joya rescatada; si recorre Cartagena de Indias, a unas seis horas de Maracaibo, respira el magnetismo de un pasado colonial transformado en el motor turístico de toda una nación.

Sin embargo, al caminar por el centro de Maracaibo, el sentimiento es radicalmente distinto: es la mezcla agridulce de un potencial arquitectónico infinito atrapado en el laberinto del caos, la desidia y la falta de visión a largo plazo.

El centro de Maracaibo no debería ser un lugar de paso rápido o de supervivencia comercial obligada por lo poco estético e higiénico que se ve; tiene todo para ser la zona más vistosa, vibrante y hermosa de la ciudad. Pero para lograrlo, primero debemos confrontar los fantasmas de su presente.

La herida abierta del Saladillo y los males de hoy

Hay que recordar el mayor pecado urbanístico de nuestra historia: la demolición parcial de El Saladillo en los años 70. Aquella mutilación de nuestra identidad dejó una cicatriz que todavía no se ha cerrado del todo.

Lo que sobrevivió, como la icónica Calle Carabobo, el Teatro Baralt o las inmediaciones de la Basílica de la Chiquinquirá, se debate constantemente entre los esfuerzos de mantenimiento intermitentes y el abandono estructural.

Aunque en los últimos años se han anunciado censos y planes de reorganización (como el reordenamiento del Mercado Las Pulgas o la avenida Libertador), el centro sigue sufriendo de una saturación que asfixia el libre tránsito y desluce las fachadas patrimoniales.

La recolección irregular de desechos, las fallas en las redes de aguas servidas y los apagones constantes sabotean cualquier intento de dinamismo comercial formal y nocturno.

Y es que Maracaibo nació de espaldas a su lago. El área del Malecón, que en cualquier otra ciudad costera o lacustre de Latinoamérica sería un boulevard de primer nivel repleto de cafés y miradores como en Santa Marta, Colombia, sigue siendo una zona gris e inhóspita al caer la tarde.

El espejo latinoamericano: ¿por qué ellos sí y nosotros no?

La excusa de que “somos una ciudad caribeña y calurosa” no sostiene el argumento del abandono. Ciudades como Quito, San Juan de Puerto Rico o la propia Cartagena comparten climas intensos y dinámicas sociales complejas, pero entendieron una verdad fundamental: el patrimonio histórico es rentable.

Hay que recordar que el casco histórico recuperado no es un gasto público; es una inversión que genera empleos, atrae divisas a través del turismo y eleva el orgullo civil de un estado. ¿Es tan difícil de entenderlo acaso?

Esos países no solo pintaron las fachadas, ellos implementaron políticas en beneficio de los peatones, seguridad policial permanente, incentivos fiscales para que la empresa privada abriera restaurantes, museos y hoteles boutique, y mudaron los mercados mayoristas a las periferias de las ciudades. El resultado está a la vista: sus centros históricos son postales mundiales porque los turistas van a tomarse allí su respectiva selfie.

De la anarquía a la oportunidad: repensar el centro

Maracaibo tiene una ventaja competitiva única: sus colores. La arquitectura de las casas de la Calle Carabobo, con sus molduras, zaguanes y techos altos de madera, posee una personalidad que no se parece a ninguna otra urbe de América Latina. La oportunidad de oro está allí, esperando un plan maestro que trascienda los períodos electorales.

Opino que para transformar el centro de Maracaibo en la zona más vistosa de la ciudad se necesita voluntad política y ciudadana articulada en tres ejes: peatonalización cultural y segura, el rescate definitivo del Malecón y alianzas público-privadas.

Maracaibo merece recuperar su joya de la corona. El centro de la ciudad tiene el color, la historia, hitos y la magia necesaria para codearse con los mejores cascos históricos del continente. Dejarlo morir en la desorganización es renunciar a nuestra propia memoria colectiva.

Es hora de pasar de la Maracaibo que sobrevive en el caos, a la Maracaibo que brilla desde su propia raíz y esencia.