La vida en la Laguna de Sinamaica, a solo una hora de Maracaibo, transcurre sobre el agua, marcando un contraste doloroso entre la rica herencia cultural y las profundas carencias que estrangulan el día a día de sus habitantes. La imagen capturada en la ribera de la laguna no es solo una postal; es un testimonio vivo de esta realidad.
El canal, arteria de la supervivencia
En el centro de la escena, una pequeña canoa, pintada de azul y amarillo, navega lentamente. A bordo, una persona se afana con el remo. Este humilde bote, visiblemente modificado, es más que un vehículo: es la única vía de transporte para movilizar a niños, mujeres y adultos mayores, permitiéndoles cumplir con sus diligencias diarias.
La canoa se desliza sobre un agua que, cerca de la orilla, parece baja, acercándose a un camino de ladrillos que marca la presencia de una estructura de cemento. Este es el punto de conexión entre el mundo acuático y la tierra firme, un cruce esencial para la subsistencia de la comunidad.

La resiliencia en el paisaje
A la izquierda, se erige el palafito, la icónica vivienda ancestral de los pueblos originarios de la región. Se encuentran ocupadas por las familias de la etnia “Añú Paraujana”. Construida sobre pilotes de madera, simboliza una cultura milenaria y la adaptación perfecta al medio lacustre. Sin embargo, su imagen, flanqueada por la vegetación, evoca la fragilidad y el abandono que caracterizan a la zona.
La coexistencia de esta arquitectura tradicional con las estructuras más rudimentarias de cemento y los caminos a medio hacer refleja la lucha constante por la calidad de vida. Como bien lo define la propia comunidad, es un "pedazo de tristeza" enclavado en una geografía de incalculable valor histórico y natural.
Un rosario de necesidades
Los pobladores de Sinamaica no ocultan su pesar. La laguna es un rosario de necesidades básicas insatisfechas: desde servicios públicos intermitentes hasta la falta de infraestructura adecuada para el comercio y la salud. Pese a ello, su resiliencia es inquebrantable. La fe se mantiene como ancla; agradecen "a Dios por la vida", incluso mientras dependen de estas frágiles "canoitas" para cada movimiento.
La imagen es un llamado silencioso: la belleza cultural de los palafitos subsiste, pero la esperanza de un futuro mejor para sus habitantes depende de acciones concretas que permitan transformar este icónico paraje en un lugar con dignidad y oportunidades.

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Fotos: Cortesía