Corría el año 1895 y Wilhelm Röntgen estaba obsesionado con unos rayos invisibles que atravesaban el cartón. Un día, con esa emoción que solo tienen los científicos cuando están a punto de cambiar el mundo, llamó a su esposa, Anna Bertha Ludwig, al laboratorio.
— "Bertha, querida, pon tu mano aquí un momento sobre esta placa de metal" —dijo Wilhelm. — "¿Para qué, Wilhelm? Tengo la cena en el fuego." — "Es para la ciencia. Solo quédate quieta."
Después de 15 minutos de exposición (que hoy nos darían pavor por la radiación), Wilhelm reveló la placa. Allí estaba: el esqueleto de la mano de Bertha con su anillo de bodas flotando en el dedo anular. Bertha, al verla, no gritó de alegría científica, sino que exclamó: "¡He visto mi propia muerte!".
Aun así, Bertha no se divorció. Al contrario, se convirtió en la primera modelo radiológica de la historia. Gracias a su "mano firme", Wilhelm pudo presentar su descubrimiento en 1896 ante la Sociedad Físico-Médica de Würzburg, dejando a todos con la boca abierta al radiografiar en vivo al anatomista Albert von Kölliker.
El "Equipo Edison": Mary y Mina
Si Wilhelm tuvo a su modelo, Thomas Alva Edison tuvo a verdaderas socias logísticas. Edison no era un hombre fácil; se olvidaba de comer, de dormir y, a veces, de que tenía familia.
- Mary Stilwell, su primera esposa, trabajaba en su invento del "telégrafo impresor". Ella no solo aguantaba sus horarios locos, sino que entendía la mecánica de sus prototipos.
- Mina Miller, su segunda esposa, fue apodada "La Guardiana". Ella se encargaba de que Thomas no se perdiera en sus propios pensamientos. Se dice que Edison le enseñó el código Morse para que pudieran comunicarse en secreto frente a otros, ¡incluso le pidió matrimonio golpeando su mano en código Morse!
Mina no solo "apoyaba", ella gestionaba la imagen pública de Edison y permitía que su "fábrica de inventos" en Menlo Park funcionara sin que el genio colapsara por falta de sueño o de orden.
En resumen…
Si hoy podemos ver si un hueso está roto o si tenemos luz eléctrica en casa, no es solo por el cerebro de estos señores, sino por el aguante, el valor y la visión de las mujeres que estuvieron ahí, sosteniendo la placa de metal o recordando al genio que, después de inventar la bombilla, también hay que cenar.