Martes 20 de enero de 2026
Cultura

Ana llevaba un vestido de flores amarillas (por Alejandro Vásquez Escalona)

Las hojas entre el sembradío de piñas son especie de tamices para la luz del atardecer. Los pájaros regresan al…

Ana llevaba un vestido de flores amarillas (por Alejandro Vásquez Escalona)
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Las hojas entre el sembradío de piñas son especie de tamices para la luz del atardecer. Los pájaros regresan al ramaje de los árboles. Un circulo de higueras establecen una especie de cerco vegetal alrededor de la casa. Paredes de bahareque (barro, caña brava). Amplia. Techo de zinc (chapa) en forma de capilla. Un corredor frontal sin paredes. Es jueves.

En una de las habitaciones, dentro de la vivienda, Una mujer negra cuelga una lámpara de kerosene, especie de antorcha casera que cubre de amarillo sucio el espacio con su luz. Cuida a los niños mientras la madre asiste en el hospital a la hija mayor de la familia. No existen ventanas. Seis personas, cuatro niños, rodean el pequeño catre de madera y lona verde militar. La negra Rosa se incorpora al colectivo que en absoluto silencio parece participar de un ritual. Ambiente cansado. Denso y espinoso. Coloca su mano cariñosa en el hombro del niño con franela blanca y rayas delgadas rojas. Cuatro años. Descalzo. Los participantes mantienen sus miradas sobre la modesta cama. A veces se miran entre sí. Sus ojos claman una palabra al otro. Una explicación.

Un perro de pelaje blanco y largo entra a la habitación. Observa cálidamente a los visitantes. Se acerca al catre. Huele el cuerpo del chico tendido sobre el lecho. Acerca el hocico a su oído. Mueve la cola y sale al patio. Corretea detrás de las gallinas. Rosa trae un paño húmedo y lo coloca en la frente del niño. Ausculta su temperatura. Los ojos negros de la mujer, extraviados en su rostro negro también no pierde la serenidad. El muchacho se mueve sobre el lecho. Viste pantalón azul pálido hasta la rodilla sostenidos por tirantes elásticos negros. Escanea el techo de la vivienda. Hace una especie de travelling sobre las personas que lo observan de pie. Se sorprende con la escena. No sabe porque sucede. No recuerda nada. Después haría un flashback y vendrían la explicación verde vegetal con vuelo sin paracaídas.

Sobre el negro del asfalto de la carretera reverbera como charco de agua la luz solar. El hospital del pueblo es una construcción alargada de un solo nivel. No hay vegetación a su alrededor. Arquitectura petrolera inglesa. Ventanales amplios por donde el blanco de la luz de la mañana se desborda hasta el interior de la sala de hospitalización. Tal vez para aliviar el sufrimiento, haciendo más inmenso el espacio. Una mujer de mediana edad y piel cetrina, llora sin mezquindad sobre el cuerpo joven de su hija. El personal médico trata de consolarla. La separa compasivamente del cadáver de Ana, la mujer que yace sobre la cama del centro médico La distancia hasta la casa rodeada por los árboles de higueras es de unos cuarenta minutos en coche. Es el hospital más cercano. Es miércoles. No canta pájaros. Ni chicharras. Tampoco grillos en los pastizales cercanos.

Es temporada de higos. Los árboles se llenan de aquellos frutos pequeños del tamaño de una canica, rojo vino. Dulcísimos. Sobre el ramaje de una higuera a unos veinte metros de altura un niño de pantalón azul con tirantes negros elásticos, bromea con su hermanito de franela a rayas rojas. Embelesados comen higos implacable y golosamente. Su padre les ha comentado que las mieles de estos frutos embriagan, atontan por lo melosos. Les prohibió subir a la higuera. Ellos lo recuerdan y ríen. Ríen. El muchacho de los tirantes negro se sienta a horcajadas sobre un ramo. Tiene le puño lleno de frutos rojos. Come. Come. Mira entre el verde de las hojas. Observa el piñal como fuera de foco. Siente la levedad que le proporciona el dulce vegetal. Las ramas de la higuera las mueve el viento que anuncia borrasca.  El chico escucha el sonido de un crac. Algo se rompe. Después solamente oscuridad. Eso es todo. Es mañana del miércoles.

 Un adolescente con un impermeable negro de capa sobre su cabeza persigue como juego a varios niños y una niña. Corretean alegremente alrededor del patio de la casa de las higueras. Se detienen en el corredor frontal de la vivienda. Descansan. Carcajean de su travesura. Detrás, el perro blanco de pelaje largo ladra incesante y lastimeramente. El chico de franela roja viene corriendo de la parte posterior de la vivienda hasta donde están los otros. Se detiene frente al grupo. No muestra rasgos de temor. No está asustado. Muchachos, atrás, debajo del limonero está Ana sentada con su vestido de flores amarillas. Es miércoles a media mañana. En un hospital cercano una madre aún llora sobre su hija que lleva un vestido blanco de flores amarillas.

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