La tradición navideña habla de “tres reyes magos” que viajaron para ver a Jesús después de su nacimiento. Su historia es una invitación a la búsqueda de la verdad y el sentido de la vida, más allá de las apariencias y las circunstancias. Ellos fueron capaces de reconocer en un niño pobre y humilde al Mesías esperado, y le ofrecieron lo mejor de sí mismos: sus dones, su adoración y su obediencia.
El diario El Debate reseña que los Reyes Magos nos enseñan a seguir la luz de la fe, que nos conduce a Cristo y a no dejarnos engañar por las falsas promesas del mundo, que nos alejan de él. Los reyes magos nos animan a ser generosos, a compartir lo que tenemos con los demás, y a ser agradecidos por los regalos que recibimos de Dios. Los magos nos inspiran a ser peregrinos, a salir de nuestra comodidad y a emprender el camino de la conversión y la santidad.
Los Reyes Magos emprendieron su camino siguiendo una estrella. Aunque eran sabios, no conocían con exactitud su destino, pero confiaron en la luz que los guiaba. Dejaron atrás su tierra, sus seguridades y sus propios saberes para ponerse en marcha con una certeza profunda: Dios mismo estaba conduciendo su búsqueda.
No fue un viaje cómodo ni breve, sino un camino interior y exterior, marcado por el deseo sincero de encontrar al Niño Rey y postrarse ante Él.
La estrella los condujo finalmente hasta Jesús. Al encontrarlo, simplemente se postraron y lo adoraron. Abrieron sus cofres y ofrecieron oro, incienso y mirra, símbolos de lo mejor que llevaban consigo. Sin embargo, sin saberlo del todo, recibieron un don infinitamente mayor: el encuentro con el Dios hecho Niño, humilde y cercano, que se deja encontrar por quienes lo buscan con corazón sincero.
El encuentro con Cristo transforma. Cambia la manera de mirar, reordena las prioridades, ilumina la vida cotidiana. Los Magos habían llegado con regalos para ofrecer, pero regresaron con un tesoro mayor: una fe despertada, una alegría nueva y una vida orientada de otro modo. Volvieron a sus casas, a sus responsabilidades y a su realidad concreta, pero ya no eran los mismos. El Niño que habían adorado había dejado una huella imborrable en su interior.
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