Con profundo pesar, la comunidad académica, científica y literaria despide al Dr. Carlos Ignacio de La Cruz Santana, ilustre hijo de Maracaibo, quien partió dejando un legado imborrable en las dos orillas que unieron su vida: su Venezuela natal y su residencia en Las Palmas de Gran Canaria.
Nacido el 29 de noviembre de 1952, el Dr. De La Cruz Santana fue un hombre que desafió las etiquetas. Su padre, uno de los maestros del periodismo, Ignacio de la Cruz. Carlos era Licenciado en Química por la Universidad de Essex y Doctor por la Universidad de East Anglia, su carrera fue un testimonio de excelencia académica, impulsada por su espíritu de estudiante modélico y respaldada por prestigiosas instituciones como la Fundación Gran Mariscal de Ayacucho y la Royal Society.
Una vida dedicada al saber
Como Profesor Titular de la Universidad del Zulia (LUZ) y Doctor honoris causa (2008), transformó la Facultad Experimental de Ciencias en un centro de innovación en catálisis y petroquímica. Su incansable labor investigativa se tradujo en:
Más de 40 artículos en revistas de alto impacto internacional.
Liderazgo en la espectroscopia vibracional de la interfaz gas/sólido.
Mentoría de 25 tesis de grado y postgrado, formando a las nuevas generaciones de científicos.
El poeta y el humanista
Heredero de la estirpe literaria de su padre, el periodista Ignacio de La Cruz, Carlos Ignacio no solo analizó moléculas, sino también el alma humana. Como director de la revista Horno y miembro fundador de Chímpete-Chámpata, fue una voz fundamental de la generación de los setenta.
Sus obras, desde Shahnoz (1982) hasta Una carta de Rome para Julieta (2010), junto a su libro inédito El sueño de Pericles, quedan como testimonio de una pluma que sabía encontrar la métrica exacta tanto en el laboratorio como en el verso.
El atleta y el colega
Más allá de los laboratorios y las bibliotecas, su figura destacó en las canchas de baloncesto, recordándonos que el equilibrio entre mente y cuerpo es el camino hacia la plenitud. Quienes lo conocieron destacan su integridad, su generosidad como docente y su capacidad para tender puentes entre las ciencias y las humanidades.
"El camino no es de rosas", tituló una de sus obras; sin embargo, el Dr. Carlos Ignacio supo sembrar en él la semilla del conocimiento y la belleza.
Sus restos y su memoria vivirán en cada estudiante que use un espectroscopio, en cada poeta que busque la palabra justa y en el corazón de su familia y amigos en Venezuela y España.
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